LOS ÁNGELES -- Algunos técnicos se refugian dicharacheramente: "el resultado depende de los jugadores un 80 por ciento y un 20 por ciento del entrenador", dicen mientras se santiguan hipócritamente. "Si pierden, son ellos; si gano, soy yo", piensan en realidad. Algunos.

En los Clásicos, los porcentajes se invierten. Es hora de que los patos les tiren a las escopetas.

Y especialmente en el Clásico Nacional. Ya se sabe: las circunstancias de los equipos se quedan en el cuarto de los trebejos. La lógica y el sentido común viven su concubinato en el destierro, en el exilio.

En ese circo magnífico, en el Clásico Nacional, el peor, en el peor de sus momentos, le puede pegar al mejor en el mejor de sus momentos. ¿O no...? O no...

Y ya no pasan este tipo de confrontaciones, estrictamente, por la nómina, por la calidad de los jugadores o por los títulos y cicatrices acumulados por cada uno de ellos. Llegan desnudos a la arena.

El Clásico Nacional ya no es un juego de nombres, es un desafío entre hombres. Ahí, en el ojo de ese huracán mediático y deportivo, ya no es lo mismo guapura que guapeza.

Porque coludidos todos los imprevistos, el jugador más rudimentario y Neanderthal de la cancha tiene su jornada de revelación y epifanía, y termina abochornando al más exquisito futbolista de los rivales convocados. Los gañanes destrozan maniquíes.

Esta vez, en esta cita del fin de semana, la Legión Extranjera del América se presenta con jugadores de ocho nacionalidades, y en una corte donde los mexicanos son animadores más que protagonistas.

En tanto, Chivas, defendiendo su historia, su tradición, su raigambre escolta lo más rescatable de la cosecha mexicana, habida cuenta que los que son mejores que ellos, pululan en Europa, la mayoría de esos exportados, más guardaditos en la despensa que onerosos en la mesa de los banquetes. Y claro, algunos viven su jornada de retiro en la MLS.

Al final, tendrían ventaja, con evidentes diferencias en potencia física por parte de los americanistas, y con técnica de escuelas más depuradas que la mexicana, de la que egresan con honores algunos "rara avis in terris", diría Juvenal, el escritor satírico, que en este caso podría ser también sátiro.

Mientras la fauna del futbol mexicano desea que pierdan los dos, aunque, cierto, con algún rencor acumulado hacia el Ódiame Más del americanismo, Chivas presenta dificultades en una zona defensiva, cuyos componentes se convierten en socios de los adversarios, aunque, de media cancha hacia el frente, dispone de recursos para preocupar a las Águilas.

En ese escenario, de una eventual igualdad de planteles y de disparidad en la propuesta en la cancha, la palabra queda, absolutamente, en manos de los entrenadores: Miguel Herrera y Matías Almeyda. ¿Quién será el mejor Leónidas?

El Piojo tiene un respaldo generoso: es el mejor chantajista de emociones hacia sus jugadores con una camiseta en la mano. Al Piojo no le importa que a la cancha no salga ningún americanista de cuna. No los hay, son especie en extinción.

Miguel Herrera les recuerda a sus jugadores que por el salario que reciben le han vendido su alma y su pellejo al diablo, a él, como técnico, y al club.

El mismo Piojo vende actas de nacimiento a cada uno de sus jugadores notariadas en el Registro Civil de El Nido de Coapa. Ser americanista ha dejado de ser una herencia para ser un código de barras.

Y hemos visto transformaciones asombrosas: Carlos Darwin, Cecilio Domínguez, Mateus Uribe y Guido Rodríguez. Todos fueron puestos transferibles en diciembre. Hoy, a excepción de Quintero, son, los otros tres, indispensables.

¿Matías Almeyda? De las cenizas del torneo anterior, algunas secuestradas y malversadas por un ex americanista, como José Luis Higuera (Pelagatos 2.0, según Ricardo Peláez), trata de resanar y parchar un émulo de su equipo campeón. Ya sabe que ya no puede contar con el asustadizo Santander.

Más allá de darle un futbol generoso, seductor, paladeable, del cual su equipo ya sólo ofrece retazos y especialmente en casos de angustia en el marcador, El Pelado apeló al discurso para tratar de convertir en héroes a, irónicamente, esos engendros de los que se quejaba públicamente hasta en Argentina: "Tengo que trabajar el triple para que me entiendan los jugadores mexicanos".

El Guadalajara ha tenido momentos de dominio, de futbol activo y atractivo, y ese ritmo veloz, a su máximo vértigo puede complicar al América, pero necesita Almeyda meterse en la cabecita huidiza de los jugadores y hacerles entender de la trascendencia múltiple de una victoria.

Necesita, El Pelado, tomarlos de las orejas y plantarlos ante el espejo resplandeciente de la gloria, si es que queda alguno en el Guadalajara.

La frase de Plutarco retumba en este momento: "Una manada de ciervos liderada por un león, es más peligrosa que una manada de leones liderada por un ciervo".

¿Pesan más las amenazas veladas de Emilio Azcárraga Jean: "quiero al América campeón, como sea"?

¿O pesará más el arrumaco paternalista de Jorge Vergara: "No creo en premios ni en castigos, creo en responsabilidad y compromiso"?

Miguel Herrera y Matías Almeyda. El Piojos versus El Pelado ¿Quién será el león y quién será el ciervo?

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