LOS ÁNGELES -- Cuando un equipo serio, con un portero serio, se toma en serio un torneo no tan serio, el festejo es del América sobre el Saprissa (5-1), y no del Herediano ante el poco serio Tigres y el menos serio Nahuel Guzmán.

América jugó sin prisa. Saprissa jugó con nerviosismo y con nervio. Las Águilas se sintieron cómodos en el epicentro de un circo que normalmente intimida al visitante. En el primer tiempo, los morados parecían amoratados por la exigencia de victoria.

En la línea de fuego, Cecilio Domínguez hizo el primero ante la ingenuidad de la marca, y el segundo lo consumó en una espléndida pirueta Mateus Uribe. El tercero significa el doblete de Cecilio Domínguez de nuevo desconcertada y patidifusa, entre el toqueteo americanista.

La capacidad de reacción de Saprissa era limitada por la presión en la marca del América, liderada por el otro resucitado por Miguel Herrera, Guido Rodríguez. Su mayor acoso fue un disparo que exigió la cabriola de Marchesín y un manotazo del arquero americanista en un balón cerrado cobrado desde el rincón.

Era evidente que América no se atragantó de arrogancia. Parecería que la lección ajena, la de Herediano a Tigres, la hizo suya desde el inicio del encuentro.

El marcador al término del primer tiempo relataba una mentira. Ese 0-3 era perniciosamente tacaño, especialmente porque Henry Martín tuvo dos, francas, absolutas, inmejorables, pero las arruinó por las deficiencias técnicas como si tuviera juanetes, y que hace parecer que ese triplete ante el disminuido Lobos, quedará como anécdota más que confirmación.

De nuevo con esa marcación a distancia, Saprissa permitió el juegueteo cómodo de los atacantes y entre Oribe y Martín entregan a Renato Ibarra, quien caracolea y dispara, con la fortuna de que el balón es rozado por un defensa. 0-4.

Mientras Saprissa se apresura a evitar una masacre con números de escándalo, ajusta líneas, sin renunciar a la ofensiva, mientras que el América hace movimientos para tratar de arrullarse en el marcador.

En esa parsimonia, cuando empeñaba la seriedad con la que había empezado a tomar el partido, carga con el gol en contra. Ariel Rodríguez amarra con el pecho, le dibuja una verónica a la embestida ciega de Emanuel Aguilera con un sombrerito, para fusilar a Marchesín, quien rechaza débil a un lado, permitiendo al delantero de Saprissa.

En la banca, el 1-4 hirió la paciencia de Miguel Herrera. El Piojo había festejado en esa antesala del colapso los goles de su equipo, y rumió de igual manera, el descuido de Aguilera.

La respuesta es inmediata. El 1-5 termina por amansar al Monstruo Morado que empezaba a alebrestarse con las fantasías del gol del Saprissa.

Participante en todos los goles, Oribe Peralta, gestiona el quinto gol. Anticipa, protege y cede en corto al perfilado Mateus Uribe. Su zapatazo raso sonsaca el estertor de la tribuna. Rabia absoluta: empieza a limpiarse la tribuna y como despedida, no hay pañuelos blancos sino verdes recriminaciones.

América cumple el requisito: ganar, gustar y golear. Deja resuelta la eliminatoria. Y deja la advertencia para aquellos equipos poco serios, con porteros poco serios.

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Fútbol, América, México

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