LOS ÁNGELES -- Henry Martín se ha alejado de las redes, pero no se ha alejado del gol. Y salvó al América ante los Tiburones.

Cuando Veracruz preparaba su postcarnaval, con los héroes guapos como Reyes Feos, Melitón Hernández y Carlos Esquivel, bajo el amparo del insólito 1-0, y con la hemorragia de segundos del minuto 92, cuando el sepulturero se frotaba las callosas manos, entonces, apareció Martín.

El área jarocha parecía estación del Metro en hora pico: congestionada, con empujones y repegones entre atacantes y defensores. El sístole y el diástole en el reloj de angustia y exasperación americanista. Y la tribuna con taquicardias.

La pelota rebotaba enloquecida. Henry Martín la husmeó en su ruta. Fue el estertor de un delantero, una genuina patada de ahogado en el lodazal del Veracruz: un taconazo hacia el arco, fue el grito de auxilio del atacante, el salvavidas al rescate.

Y la pelota zumba entre los túneles del desconcierto y la impotencia del resto de veracruzanos y americanistas. Pero, llega, dócil, obsequiosa, tanto, que hasta Bruno Valdez le pudo poner la cuota cariñosa y mimosa hacia la red. El gol lo grita el paraguayo, pero la pantagruélica potestad es del mexicano. 1-1.

Y el Deja Vu de aquella Final en el Azteca. Memo Vázquez en la banca de Veracruz, y Miguel Herrera fuera de la zona técnica. Como en aquella Final entre América y Cruz Azul: Memo con el corazón en modo parsimonia, y El Piojo con el corazón en modo infarto.

Dos minutos después, el árbitro acaba con el drama. América resoplaba con dolor en el costado esa condición de invicto. Se escapó de la tumba antes de las exequias.

Y al reloj de Veracruz le faltaron dos minutos de pundonor y estoicismo para ganarse un tanque de oxígeno y arrebatarle un copete glamour y de soberbia al líder del torneo.

Los Tiburones habían rozado la heroicidad. Primero Carlos Esquivel con tiza de billar le picó con rambersé giros extraños a la pelota, a la derecha de Marchesín, cuya estirada la escurre burlona la picaresca rotación del efecto del balón para ese 1-0 que reventaba las quinielas y amamantaba de felicidad a la creciente nación antiamericanista de 17 equipos. Ese gol escupía Ódiame Más.

Y si bien Gallese se mantuvo firme, hasta que se le dañó uno de sus espolones, la noche reclamaba otro arlequín en el cierre del carnaval. Y de su Miércoles de Ceniza, desde la banca, Melitón apareció para detener absolutamente todo a los fusileros americanistas, todo, hasta que llegó ese recurso de arrabal, de potrero, de la enciclopedia de lo ingenioso y lo grotesco, ese, el taconazo de Henry Martín, que Bruno toca suavecito hasta el fondo.

La noche de Melitón la hicieron más glamorosa las embestidas de sus atacantes. Sólo seleccionados nacionales de diferentes países, acudieron al tiro al pichón. Pero el arquero del plumaje mixto, de lo sublime y lo ridículo, impidió la tragedia al Veracruz.

Luego de un primer tiempo pobre, perezoso, desordenado, en el que los Tiburones tiraban tarascadas en la pelea del balón, mientras América tenía las llaves equivocadas de cada puerta que quería abrir, el segundo tiempo cambió de decoración.

Y ocurrió así, porque el América sobrellevaba el juego, cuando Esquivel desde fuera del área ensancha la portería de Marchesín., y con ese gol en contra, la desesperación fue una descarga brutal que despertó a las Águilas.

Entonces, el encuentro entró en mejores hechuras, tras el soporífero castigo del primer tiempo, y comenzó el asedio encarnizado sobre Melitón, nombre que en griego significa "dulce como la miel", pero resultaba amargo como la hiel para los artilleros americanistas, incapaces de vencerlo.

Miguel Herrera volvió a hacer ensayos. Su América se le ha convertido en un Cubo de Rubik... para daltónicos. El equipo responde a impulsos personales, individuales, más que a una exacta recreación táctica.

Por ello, el invicto el América es un parche que empieza a deshilacharse, aunque hurta credibilidad de la inapelable condición de líder del torneo.

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Fútbol, México, Guadalajara

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