LOS ÁNGELES -- Chivas quiso, supo y pudo. América quiso, pero ni supo ni pudo.

La batalla concluyente es entre México y Canadá. EE.UU. no va al Mundial y ni siquiera a la Final de la Concachampions: Guadalajara contra Toronto. Un plantel sólo con mexicanos, contra un combinado de ocho nacionalidades.

Chivas vivió un calvario. Rodolfo Cota fue la figura. Él y una jornada en la que todos los sortilegios y chamanes se acurrucaron de su lado.

Jugando con diez, porque el Bruce Willis de copete hitleriano (AKA Alan Pulido), fue el mejor recuperador de balones para RedBulls, Chivas montó su trinchera, resistió el vendaval de los neoyorquinos, que por instinto embestían con su sello, como toros enloquecidos, y no les alcanzó.

En un frontón humano, los rojiblancos terminaron con migraña y cita para urgentes encefalogramas: 27 cabezazos en el área para alejar el peligro, a sabiendas incluso que Cota era el hombre clave para evitar el naufragio.

RedBulls ensayó con el ordinario y primitivo repertorio del pelotazo al área. Una frase de Jesús Bracamontes es digna del epitafio neoyorquino: "Van tanto al pelotazo que se olvidan de jugar al futbol". Impecable síntesis.

Y en esa resistencia extrema, Chivas mantuvo de pie su Muro de Jericó, resistiendo nueve remates a la portería y un buscapiés que se arrastró paralelo a la línea de gol, sin que dos atacantes emeleseros llegaran a la cita por la eternidad de una milésima de segundo.

Cierto: Chivas deberá mejorar muchísimo para poder confrontar a Toronto. Sufrir enconchado nuevamente en la Final, ante un adversario más poderoso, sería un suicidio.

Por lo pronto pierde a dos jugadores para el Juego de Ida en Toronto: un Jair Pereira, a quien no se extrañará, pero sí a un heroico Rodolfo Cota.

¿América? Quiso. Quiso siempre. Pero más allá de que Alex Bono tuvo también su noche afortunada, jugó con ansiedad, con nervios, con desesperación.

Pero, encima se encuentra con una descolgada, desatención en el fondo y Jonathan Osorio desplumó las ilusiones en El Nido. El 0-1 se convertía en un escandaloso 4-1 que tranquilizaba a Toronto, que sufría desde el minuto cinco la ausencia por lesión de Jozzy Altidore.

Con Michael Bradley como genuino líder, clavado en ocasiones como otro defensa central, resistieron el oleaje desordenado de las Águilas.

Y así, Oribe Peralta, Andrés Ibargüen, Mateus Uribe, Renato Ibarra y Paul Aguilar, entre otros, terminaron reverenciando a Bono, mientras que Henry Martin confirmó que tuvo su noche de Cenicienta ante unos Lobos BUAP con diez hombres, y luego volvió a la calabaza del Nunca Jamás.

Un regalo arbitral hace más patética la eliminación americanista, con el cobro de Uribe. 1-1 en el Azteca. Inútil... el resultado.

¿Fracasotototote americanista, según la elocuencia de Manuel Lapuente? Sin duda. Ahora, Miguel Herrera lo sabe: ganar el título de la Liga MX es absoluta obligación.

Ahora Chivas, concretamente con Paco Gabriel De Anda como responsable, deberá tomar la chequera del patrón, Jorge Vergara, para saldar las cuentas millonarias que adeuda a los futbolistas, que, necesario decirlo, demostraron que no los consume ni los agobia el adeudo.

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LOS ÁNGELES -- En la cima del oficio. En la sima de la ansiedad. Así deberán ejercer Chivas y América en el cierre de Semifinales de la Concacaf.

Malherido, con tres heridas en el pecho, América tiene la ventaja de emboscar en El Nido a un Toronto reposado y con una médula espinal de oficio, sin Mundial, cierto, pero con oficio, y un bajito con los focos encendidos como Giovinco.

El 3-1 oscila en esa fascinación anunciada, innegable, entre la tragedia y la hazaña. El águila obligada al rol enigmático del Ave Fénix.

Getty Images

Chivas, en tanto, consiguió un reintegro apenas del pase a la Final. El 1-0 del miércoles por la noche tiene ese saborcito de insuficiencia. Matías Almeyda fue inteligente: "Estamos 0-0". Ni más ni menos.

Como sea, la victoria contrasta. En Guadalajara hay una sonrisa nerviosa, pero en El Nido hay un falleciente y desfallecido en terapia intensiva.

Con la única ganzúa que tiene, Rodolfo Pizarro, Chivas colapsó la caja de caudales que le montó Red Bulls en su estadio, que lejos del trapío de su mote, parecían los Toros Rojos más lívidos, pálidos, mojigatos prófugos del arado, sembrando surcos en la cancha del Akron.

Mientras Rodolfo Cota sólo una vez desquitó el sueldo, ante la paranoia vacuna por no perder, Pizarro se convirtió de nuevo en la figura de Chivas. Le sentó bien la Fecha FIFA porque le quedó claro que tiene que ser más y hacer más que el convaleciente Giovani y el resucitado Marco Fabián, si quiere ir a comprar matrioskas.

Pizarro repitió la faena del viernes ante Morelia: robó, enfiló, pero esta vez sirvió a Brizuela, que dejó de ser un patético conejito de Pascua, y evolucionó en Roger Rabbit, para definir de manera compleja, pero eficiente, a la salida del arquero.

A sabiendas que Pompi (por Luis Pompílio Päez, auxiliar del Tri), entregó notas reprobatorias en la Copa Oro, Pizarro ha decidido conseguir lo que nadie ha podido: que Juan Carlos Osorio esté en sus cabales, y lo convoque. No será fácil.

Sin embargo, cabe la pregunta: ¿Si Osorio tan impacientemente paciente, tan intolerablemente tolerable para tratar de encontrar ese Sergio Busquets que Diego Reyes no lleva dentro, no podría dedicar un poco de terquedad a Pizarro?

Porque si Osorio dijo en Nación ESPN que "Diego Reyes es el jugador con mejor salida" en la selección mexicana, podría tal vez, total, ya en esa doctrina del autoengaño, de la alucinación, ver en Pizarro dotes de Mbappé. Digo, si de alucinar se trata.

Por lo pronto, Pizarro tiene en sus manos su visado a Rusia. Si el tándem colombiano, que fue capaz de forzar las salidas de Santiago Baños y Raúl Gutiérrez, no lo quiere, ahí estarán, en ese estricto orden, Dennis Te Kloese, Gerardo Torrado y Memo Cantú, para abogar por él.

Reasumiendo y resumiendo del tema original, Chivas y América tienen ese oficio en situaciones de alta tensión que no tienen Red Bulls ni Toronto, aunque éste último tiene cartas ocultas.

En la vuelta, Toronto jugará con la desesperación americanista y seguramente levantará ese muro fronterizo, deportivamente hablando, ante las embestidas americanistas.

Con Red Bulls será distinto. Incluso no sería extraño que el estadio se poblara de rojo y blanco, pero no tanto por la pasión local, sino por la migración mexicana con pasión por Chivas.

Claro, al final, todo se resuelve con futbol. Y, por supuesto, por las debilidades de los árbitros y las debilidades avariciosas de la Concacaf, porque recordemos que en sus entrañas, se piensa, se habla y se elucubra, no en inglés, sino en estadounidense.

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Hizo la gran Juan Carlos Osorio. Fue esclavo de sus palabras. El colombiano ninguneó al equipo B de Croacia y... Miguel Herrera había ninguneado a la MLS "no es un parámetro para la Liga MX".

Efecto bumerang: Toronto 3-1 América. El Piojo los trató de piojoso y le empiojaron la altanería. Los ninguneados 3. La arrogancia 1. Y pudieron ser más. Varios más.

En El Nido, las Águilas deben revertir la historia... y la histeria. La Espada de Damocles oscila ansiosa de sangre.

Más amargo será para el americanismo si Chivas hace la faena a los Red Bulls de Nueva York esta noche. Hiere más el éxito ajeno que el penar propio.

Giovinco, Bradley y Altidore se apoderaron del juego. En especial el italiano, que dejó enredados como spaghetti recocido los nervios, ligamentos y coyunturas cervicales de la zaga americanista.

Del penalti que irritó al americanismo y cobró Giovinco, el América tuvo un momento de respiro, cuando Ibargüen se tragó el Messi del videojuego y sembró de cadáveres al área rival con el 1-1.

Fue un espejismo mexicano. Sólido, ordenado, pertrechado, desesperado en su trinchera, pero astuto en despliegues, Toronto terminó por arruinar las intentonas del América, incluso cuando en la desesperación táctica, Miguel Herrera empezó a hacer cambios como coleccionista de Panini. Pero igual, casi le llenan de goles el álbum de Marchesín.

En la apuesta, en un tiroteo mutuo, ambos equipos recrearon una zacapela dramática en la cancha. América azuzaba, pero en verdad Giovinco y Altidore perdonaban en posición y con posesión de gol.

En el ajedrez de la angustia, con sus peones enloquecidos, Henry Martin entró de cambio para vivir una noche trágica: tres entregas en el área, dos de ellas en posición de fusilamiento, perdonó, como antes lo había hecho el resto del pelotón.

Lamentable para el América, porque mientras Toronto mantenía el aplomo defensivo y las venenosas descolgadas como opción, se precipitaba en la entrega del balón, en disparos desafortunados y además, en elecciones equivocadas en la jugada final.

En la banca, la histeria absoluta de Miguel Herrera poco ayudaba, cuando en su frenetismo era evidente el desencanto furioso con todos sus jugadores.

William da Silva, el "Marcelo americanista", fue una avenida y un pésimo alfil del ataque, mientras que Cecilio Domínguez, nuevamente, entre esa indefinición de abulia, de apatía, o de pánico, intentaba con recelo cada regate.

¿Puede América revertir la situación en el Estadio Azteca? Nada es imposible. El clima será más benigno, y el arbitraje cambiará de óptica.

Pero el pie veterano de Toronto, y ese desdoble fulminante de Giovinco, pueden ser el detonante de una peligrosa emboscada.

Por lo pronto, Miguel Herrera deberá encender veladoras para salvar el pellejo en la Concachampions: una de ellas para que no gane Chivas este miércoles, y la otra para que las ánimas en pena que fueron sus jugadores este martes en la noche, regresen a sus cuerpo con menos nerviosismo.

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LOS ÁNGELES -- Entre la fascinación del Clásico, pese al desacato del 1-1 final, que no glorifica ni honra el trepidante y vehemente trámite del juego, los protagonistas terminan arrastrando saldo rojo.

Si bien América pierde el liderato ante el Santos, y no impone la diferencia abismal en puntos y posiciones, los más perjudicados, para bendición de su afición y del Guadalajara, son los jugadores de Chivas.

Sometido por momentos, cauteloso en otros, encomendado a los milagros del contragolpe, América desnudó y diagnóstico a los jugadores del Rebaño: sufren de Xantofobia... el miedo al color amarillo, se ponen pálidos ante la palidez del amarillo.

Este sábado, inspirados, estremecidos, alentados o desesperados por el peso del adversario, y la tradición de estos zafarranchos, fue posible ver la mejor expresión de cada uno de los futbolistas de Chivas. ¿Y de ahí pa'lante...?

El marcador, notariado por dos golazos, uno de J. J. Godínez, tras un servicio de cabeza del diminuto Chofis, y otro de Oribe Peralta, quien le dejó el esqueleto a Oswaldo Alanís, como discurso en inglés del presidente de México, hablan de una paridad muy cuestionable.

Pero, insisto, afortunadamente, para el Rebaño y sus seguidores, los futbolistas rojiblancos ya no pueden mentir, ya no pueden recular, ya no pueden irse de parranda y malversar el futbol vistoso que puede desarrollar su equipo. Si lo hacen, si renuncian, traicionan.

Desde un Cota sensacional, atajando cuatro misiles de gol, pasando por una defensa impecable, en la cual Carlos Salcido sacó juventud de su pasado; con una solvente plataforma con Pérez y Orbelín, hasta un rendimiento punzante, guerrero, persistente, agresivo, astuto, atrevido, de futbolistas como Pizarro, la misma Chofis, con el aporte de Pulido, y la pesadilla llamada Godínez. Incluso, Brizuela, cuando ingresa, no desentona, detona.

Sí, el rendimiento de Chivas fue excelente, pleno, por parte de sus jugadores, y por eso, hicieron sufrir al América, aún con el riesgo suicida de permitirle orquestar contrataques, sobre todo con el apoyo de un Renato Ibarra, que hizo de su parcela, carril de alta y libre velocidad.

Por eso, los jugadores del Guadalajara no tienen más alternativa que ver las restantes siete fechas del torneo, con un compromiso, con una beligerancia de buen futbol, iguales o superior a como se mostraron este sábado ante el América. Que todos vistan de amarillo.

Es una vulgar, fácil y comodina aseveración, pero en ningún momento se vieron las distancias entre un América que llegaba como amo y señor del pent-house de la Liga, y un Guadalajara que se percude, sin pertenecer a ellos, entre los condenados a muerte de descenso, en los despeñaderos de la Tabla General.

Queda, claro, la duda, de si el genuino Chivas es el de las otras nueve semanas, el de las jornadas calamitosas, el de la pereza, del cinismo y del aburguesamiento, en contraste con el que este sábado estuvo refulgente ante el América.

Y entonces, quedaría pensar que presas de la tal Xantofobia, ese miedo al color amarillo, los hizo reaccionar, por supervivencia, por instinto de conservación. El miedo a la derrota los hizo ser obsesivos por la victoria.

Pero, los Clásicos, a veces son parteaguas. De ser así, este debe ser el de Chivas, o mejor planteado, debe ser el momento en que el equipo entierre a los pasmarotes de las nueve anteriores jornadas, que conjuren sus propios demonios, y se atrevan a resucitar.

Porque, ojo, la afición, el cuerpo técnico y la directiva, no puede permitir una recaída, ni permitir que los espíritus arrogantes regresen a la pusilanimoidad. Deben presionar y obligar a que los genuinos futbolistas de este sábado por la noche sean iguales o mejores que ante el América.

¿El árbitro Fernando Guerrero? Terrible error al anular un gol legítimo a las Águilas, y por otro lado perdonó rojas a Bruno Valdez y a Mateus Uribe. Salvaron al apodado "Cantante", la intensidad del juego, la fiebre y el fervor de los futbolistas por hacer esa noche de guerra, una noche de fiesta de futbol.

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Chivas/America
GettyMatías Almeyda y Miguel Herrera se saludan previo a un partido en el Estadio Akron.

LOS ÁNGELES -- Algunos técnicos se refugian dicharacheramente: "el resultado depende de los jugadores un 80 por ciento y un 20 por ciento del entrenador", dicen mientras se santiguan hipócritamente. "Si pierden, son ellos; si gano, soy yo", piensan en realidad. Algunos.

En los Clásicos, los porcentajes se invierten. Es hora de que los patos les tiren a las escopetas.

Y especialmente en el Clásico Nacional. Ya se sabe: las circunstancias de los equipos se quedan en el cuarto de los trebejos. La lógica y el sentido común viven su concubinato en el destierro, en el exilio.

En ese circo magnífico, en el Clásico Nacional, el peor, en el peor de sus momentos, le puede pegar al mejor en el mejor de sus momentos. ¿O no...? O no...

Y ya no pasan este tipo de confrontaciones, estrictamente, por la nómina, por la calidad de los jugadores o por los títulos y cicatrices acumulados por cada uno de ellos. Llegan desnudos a la arena.

El Clásico Nacional ya no es un juego de nombres, es un desafío entre hombres. Ahí, en el ojo de ese huracán mediático y deportivo, ya no es lo mismo guapura que guapeza.

Porque coludidos todos los imprevistos, el jugador más rudimentario y Neanderthal de la cancha tiene su jornada de revelación y epifanía, y termina abochornando al más exquisito futbolista de los rivales convocados. Los gañanes destrozan maniquíes.

Esta vez, en esta cita del fin de semana, la Legión Extranjera del América se presenta con jugadores de ocho nacionalidades, y en una corte donde los mexicanos son animadores más que protagonistas.

En tanto, Chivas, defendiendo su historia, su tradición, su raigambre escolta lo más rescatable de la cosecha mexicana, habida cuenta que los que son mejores que ellos, pululan en Europa, la mayoría de esos exportados, más guardaditos en la despensa que onerosos en la mesa de los banquetes. Y claro, algunos viven su jornada de retiro en la MLS.

Al final, tendrían ventaja, con evidentes diferencias en potencia física por parte de los americanistas, y con técnica de escuelas más depuradas que la mexicana, de la que egresan con honores algunos "rara avis in terris", diría Juvenal, el escritor satírico, que en este caso podría ser también sátiro.

Mientras la fauna del futbol mexicano desea que pierdan los dos, aunque, cierto, con algún rencor acumulado hacia el Ódiame Más del americanismo, Chivas presenta dificultades en una zona defensiva, cuyos componentes se convierten en socios de los adversarios, aunque, de media cancha hacia el frente, dispone de recursos para preocupar a las Águilas.

En ese escenario, de una eventual igualdad de planteles y de disparidad en la propuesta en la cancha, la palabra queda, absolutamente, en manos de los entrenadores: Miguel Herrera y Matías Almeyda. ¿Quién será el mejor Leónidas?

El Piojo tiene un respaldo generoso: es el mejor chantajista de emociones hacia sus jugadores con una camiseta en la mano. Al Piojo no le importa que a la cancha no salga ningún americanista de cuna. No los hay, son especie en extinción.

Miguel Herrera les recuerda a sus jugadores que por el salario que reciben le han vendido su alma y su pellejo al diablo, a él, como técnico, y al club.

El mismo Piojo vende actas de nacimiento a cada uno de sus jugadores notariadas en el Registro Civil de El Nido de Coapa. Ser americanista ha dejado de ser una herencia para ser un código de barras.

Y hemos visto transformaciones asombrosas: Carlos Darwin, Cecilio Domínguez, Mateus Uribe y Guido Rodríguez. Todos fueron puestos transferibles en diciembre. Hoy, a excepción de Quintero, son, los otros tres, indispensables.

¿Matías Almeyda? De las cenizas del torneo anterior, algunas secuestradas y malversadas por un ex americanista, como José Luis Higuera (Pelagatos 2.0, según Ricardo Peláez), trata de resanar y parchar un émulo de su equipo campeón. Ya sabe que ya no puede contar con el asustadizo Santander.

Más allá de darle un futbol generoso, seductor, paladeable, del cual su equipo ya sólo ofrece retazos y especialmente en casos de angustia en el marcador, El Pelado apeló al discurso para tratar de convertir en héroes a, irónicamente, esos engendros de los que se quejaba públicamente hasta en Argentina: "Tengo que trabajar el triple para que me entiendan los jugadores mexicanos".

El Guadalajara ha tenido momentos de dominio, de futbol activo y atractivo, y ese ritmo veloz, a su máximo vértigo puede complicar al América, pero necesita Almeyda meterse en la cabecita huidiza de los jugadores y hacerles entender de la trascendencia múltiple de una victoria.

Necesita, El Pelado, tomarlos de las orejas y plantarlos ante el espejo resplandeciente de la gloria, si es que queda alguno en el Guadalajara.

La frase de Plutarco retumba en este momento: "Una manada de ciervos liderada por un león, es más peligrosa que una manada de leones liderada por un ciervo".

¿Pesan más las amenazas veladas de Emilio Azcárraga Jean: "quiero al América campeón, como sea"?

¿O pesará más el arrumaco paternalista de Jorge Vergara: "No creo en premios ni en castigos, creo en responsabilidad y compromiso"?

Miguel Herrera y Matías Almeyda. El Piojos versus El Pelado ¿Quién será el león y quién será el ciervo?

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Jeffrey Arguedas/EFE

LOS ÁNGELES -- Cuando un equipo serio, con un portero serio, se toma en serio un torneo no tan serio, el festejo es del América sobre el Saprissa (5-1), y no del Herediano ante el poco serio Tigres y el menos serio Nahuel Guzmán.

América jugó sin prisa. Saprissa jugó con nerviosismo y con nervio. Las Águilas se sintieron cómodos en el epicentro de un circo que normalmente intimida al visitante. En el primer tiempo, los morados parecían amoratados por la exigencia de victoria.

En la línea de fuego, Cecilio Domínguez hizo el primero ante la ingenuidad de la marca, y el segundo lo consumó en una espléndida pirueta Mateus Uribe. El tercero significa el doblete de Cecilio Domínguez de nuevo desconcertada y patidifusa, entre el toqueteo americanista.

La capacidad de reacción de Saprissa era limitada por la presión en la marca del América, liderada por el otro resucitado por Miguel Herrera, Guido Rodríguez. Su mayor acoso fue un disparo que exigió la cabriola de Marchesín y un manotazo del arquero americanista en un balón cerrado cobrado desde el rincón.

Era evidente que América no se atragantó de arrogancia. Parecería que la lección ajena, la de Herediano a Tigres, la hizo suya desde el inicio del encuentro.

El marcador al término del primer tiempo relataba una mentira. Ese 0-3 era perniciosamente tacaño, especialmente porque Henry Martín tuvo dos, francas, absolutas, inmejorables, pero las arruinó por las deficiencias técnicas como si tuviera juanetes, y que hace parecer que ese triplete ante el disminuido Lobos, quedará como anécdota más que confirmación.

De nuevo con esa marcación a distancia, Saprissa permitió el juegueteo cómodo de los atacantes y entre Oribe y Martín entregan a Renato Ibarra, quien caracolea y dispara, con la fortuna de que el balón es rozado por un defensa. 0-4.

Mientras Saprissa se apresura a evitar una masacre con números de escándalo, ajusta líneas, sin renunciar a la ofensiva, mientras que el América hace movimientos para tratar de arrullarse en el marcador.

En esa parsimonia, cuando empeñaba la seriedad con la que había empezado a tomar el partido, carga con el gol en contra. Ariel Rodríguez amarra con el pecho, le dibuja una verónica a la embestida ciega de Emanuel Aguilera con un sombrerito, para fusilar a Marchesín, quien rechaza débil a un lado, permitiendo al delantero de Saprissa.

En la banca, el 1-4 hirió la paciencia de Miguel Herrera. El Piojo había festejado en esa antesala del colapso los goles de su equipo, y rumió de igual manera, el descuido de Aguilera.

La respuesta es inmediata. El 1-5 termina por amansar al Monstruo Morado que empezaba a alebrestarse con las fantasías del gol del Saprissa.

Participante en todos los goles, Oribe Peralta, gestiona el quinto gol. Anticipa, protege y cede en corto al perfilado Mateus Uribe. Su zapatazo raso sonsaca el estertor de la tribuna. Rabia absoluta: empieza a limpiarse la tribuna y como despedida, no hay pañuelos blancos sino verdes recriminaciones.

América cumple el requisito: ganar, gustar y golear. Deja resuelta la eliminatoria. Y deja la advertencia para aquellos equipos poco serios, con porteros poco serios.

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Fútbol, América, México

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Marcos Domínguez/Imago7
LOS ÁNGELES -- Oribe Peralta en la banca, pero el contrito Mateus Uribe quería purgar sus pecados capitales. Y el colombiano lo hizo con dos golazos.

Ahí, fincó el América su dominio absoluto en la cancha y en el marcador: 4-1. Sin Oribe, con Uribe, cuestión de una vocal.

América se acerca a la triple bendición de ganar, golear y gustar. La tercera de ellas sólo tiene el empalago de los cuatro goles. El trámite se amargó con el desdén y desorden de la segunda parte.

A Morelia le quedó grande el reto. Parecía un sinodal estricto para examinar a un América que se devanea entre la realidad y la insinuación.

Tres momentos de inspiración individual americanista arruinaron la transpiración de Monarcas. Goles del América que no certifican un mecanismo colectivo de generación de futbol.

El 1-0 refleja la visión de Jeremy Menéz. Cambia la embestida de derecha a izquierda, donde recibe, culebrea y sentencia entre las piernas de Guzmán y el azoro anestesiado de Sosa, el gol del resucitado Cecilio.

Morelia amenaza con el empate de Sepúlveda, pero vendría entonces la expiación de Mateus Uribe, con dos soberbias anotaciones, para espantar los fantasmas de sus tarjetas y penalti errado.

Primero, arrastra en diagonal y mete un zurdazo que embelesa la estirada de Sosa. El 3-1 lo consuma tras una carambola, con una pelota perdida, que en un resquicio, controla, desvencija la cadera a dos adversarios y con la punta toca a segundo poste ante la salida del arquero.

Sí: Uribe purgó sus pecados, más allá de que después recolecta la amarilla imprescindible y se lleva la advertencia de una roja por sus excesos. Parece que Mateus Uribe disfruta las tormentas de vivir entre lo sublime y lo ridículo.

El 3-1 de la primera mitad fue un perjurio. Porque prometía una segunda parte generosa en todo sentido. Por la desesperación de Morelia, y por un escenario abierto de confirmación americanista.

No hubo tal. La expectación no coincidió con las expectativas que se elucubraron en los vestuarios. Morelia se atrevió con precauciones y las Águilas juguetearon con el marcador.

El Nido, literalmente, lo montó Miguel Herrera en el fondo. Ante las tibias embestidas de Monarcas, había hasta nueve hombres americanistas en el último tercio.

Para el minuto 75, ya América tenía a su pareja ofensiva en el arranque del torneo: Oribe Peralta y Carlos Darwin Quintero, con el agregado de Ibargüen, pero para seguir sufriendo, de inicio, los conflictos para salir desde el fondo.

El suplicio aumenta para Morelia. Piernas frescas y veloces al ataque firman en el marcador. Ibargüen por derecha encuentra en el corazón del área el corazón desesperado de gol de Oribe Peralta, quien martilla el balón abajo, tomando a contrapié. 4-1.

Las Águilas montan su nido en el penthouse de la Liga Mx, irrumpiendo en los dominios de Pumas que visita a Veracruz.

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América, Fútbol, México

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LOS ÁNGELES -- Por un año, Miguel Herrera tuvo intranquilo a Henry Martín en la banca de Xolos.

Hoy, Henry Martín tiene a Miguel Herrera tranquilo en la banca del América. Cinco goles en cinco juegos.

El triplete que victimó a los Lobos BUAP, de repente, lo cotizó en esa voluble, cambiante y oportunista bolsa de valores de la afición americanista.

La tribuna lo cuestionó cuando llegó all Nido. ¿Henry Martín? Su mayor notoriedad había sido la fractura de ligamentos cruzados, que también le fracturaba su carrera y una eventual cita al Tri.

Cuando el americanismo tenía estertores de ansiedad por la llegada de una gran figura de Europa, el draft les entrega un yucateco con menos goles en Liga que las letras de su apellido. Un indigente del área.

La bibliografía negra del futbol tiene volúmenes con casos dramáticos de jugadores que ingresan al multitudinario ejército de promesas truncadas, tras una una fractura de ligamentos cruzados.

¿Por qué sería distinto el futuro de Martín? ¿Por qué si la llama de promesa apenas iluminaba el rincón de sus imberbes ilusiones? Todo indicaba que de la plancha del cirujano iría al confinamiento de la banca.

Sin embargo, las circunstancias, esas que antes se confabularon contra él, hoy se aliaron con él. Se fue el sobrecotizado Chino Romero, y Miguel Herrera buscaba un aliado de Oribe Peralta.

Los nombres zumbaban tras los moscardones que promovían a sus futbolistas sudamericanos como el nuevo Cavani, el nuevo Radamel o el nuevo Suárez.

Y el Piojo debió salir de cacería en el Clausura 2018. El que no tiene perro, caza con gato, dicen en Brasil. El que no tiene un tigre, caza con un xoloitzcuintle, decidieron en el Nido.

Tuca Ferretti lo llevó al Tri en ese interinato en el que sometió al decadente EEUU de Klinsmann para conseguir el boleto a una Copa Confederaciones, sellada, después, por Juan Carlos Osorio, con oprobio y vergüenza.

Regresó bajo la política del mismo Osorio de rotar y manosear. Y Henry no anduvo. Tuvo tres en condiciones de gol ante los juniors de Bosnia... y las erró.

Pero llega el juego ante Lobos. 0-0 hasta que Maza Rodríguez es expulsado por un pisotón sobre Oribe, una tarjeta roja que ciertamente de haber portado aún esa misma camiseta americanista, el defensa lobezno, habría recibido sólo una amarilla. El daltonismo del miedo arbitral.

Para fortuna de Martín, el arbitraje mandó al Maza al vestuario a la ducha de agua helada. Y un equipo que no quiere, no sabe, no puede defenderse, como Lobos, abrió un set de tiro, en el que el blanco era su propio portero Villalpando.

Y ahí -"bomba", dirían en Yucatán--, no perdonó Martin. Dicen que un buen yucateco siempre sabe usar la cabeza. Él lo hizo tres veces, desde diferentes posiciones en el área, siempre con la benevolencia de la despistadísima defensa rival.

Pero, de eso no tiene la culpa Henry Martín. Estar ahí, en el sitio preciso, le llaman olfato. Saber dónde se está ubicado, le llaman visión, y se enredó en las consecuencias mediáticas de su primer hat-trick.

Un triplete que posiblemente, con Xolos, habría sido encapsulado en la nada pomposa hemeroteca de las chiripas.

Agradeciendo al Piojo por la oportunidad, a Oribe Peralta por los consejos, y a sus compañeros por generarle las tres asistencias de gol, manda un mensaje público a través de redes sociales ajenas, pero con destinatario definido: Juan Carlos Osorio. Quiere ir al Mundial de Rusia.

Y este fin de semana, con el viento hinchándole la camiseta, Henry Martín tiene además la oportunidad de desplegar la bonhomía, la decencia, de ser un malagradecido. Enfrenta a Tigres de un Ferretti que le tuvo fe para el Tri. Ironía pues: la mejor forma de agradecerle al Tuca, es lastimándole la piel en el marcador.

Tiempos de hadas, sin duda. El visto por el americanismo como un indigente del área, es hoy el mesías de El Nido.

Y si por un año, Miguel Herrera tuvo intranquilo a Henry Martín en la banca de Xolos, hoy Henry Martín tiene a Miguel Herrera tranquilo en la banca del América.

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LOS ÁNGELES -- 1.- Carlos Darwin Quintero intenta desde su estrabismo técnico, desde su miopía para golpear el balón, pegarle a un tronco y casi le provoca un sismo al esqueleto de nuestro compañero Marcelino Fernández del Castillo.

2.- Matías Alustiza (arrepentido y todo) y su paisano Cristian Campestrini deciden cazar inocentes con pistolas de municiones en las calles de Puebla, nomás por divertirse.

3.- Más atrás, Danilinho golpea en sus partes más íntimas a una novia, y simplemente huye a Brasil mientras se apacigua el problema. ¿Tuca Ferretti y Tigres? Silencio.

4.- En una de sus usuales fiestas clandestinas en Monterrey, Edwin Cardona permitía que sus invitados molestaran con insinuaciones sexuales a las adolescentes vecinas, diciendo que "eran bromitas", seguramente como las de su embestida reciente en Argentina, y que le significó denuncia por violación y agresiones.

Citemos sólo esos cuatro casos. Podemos hurgar y saltarán muchos más, como el de Aquivaldo Mosquera y el de Ricardo LaVolpe. Pero, todo esto origina serias interrogantes.

Cabe preguntarse: ¿a eso llegan algunos extranjeros a México? ¿Se atreverían a hacerlo en su propio país, aunque Cardona queda claro que sí? ¿Que los clubes los cobijen, sólo significa prohijar este tipo de actitudes? ¿Impunidad e inmunidad?

Alustiza se ha arrepentido y Campestrini parece haber descendido de su status de soberbia, cuando ahora limosnea un puesto en Dorados de Culiacán. En su momento, consiguieron complicidad con el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, quien los protegió y los encubrió, por unas camisetas y una foto.

Danilinho fue y volvió, y en el regreso vivió otra situación de violencia. Cardona, ya sabemos su historia, con hábitos similares a los de Teófilo Gutiérrez, de quien por otra parte se sabe su afición por portar armas hasta el vestidor de algunos de sus clubes.

El video es inmaculadamente perfecto en el caso de Carlos Darwin Quintero. Intentó golpear con el balón a Marcelino Fernández del Castillo, cuya fina estampa, estaba expuesta a ser zangoloteada brutalmente por un balón lanzado con violencia.

Antepongo un término: imprudencia. Podría agregar premeditación, alevosía y ventaja. Pero, dudo que Darwin Quintero, con esa huelga en que viven sus calcificadas neuronas constantemente, estuviera consciente de hacer daño severo a Marcelino, pero pudo haber ocurrido.

Alevosía del jugador del América, sí la hay. Y ¿qué mayor ventaja que agredir por la espalda, que es una cobardía suprema? Sólo los animales de rapiña lo hacen.

América promete castigarlo internamente y se deslinda de cualquier responsabilidad, porque, seguramente, el código de conducta interno de la institución, como tal, no condena o no contempla este tipo de chacaladas.

Darwin Quintero es un crack. Un jugador por el que normalmente vale la pena pagar el boleto por verlo. En lo personal, me he deleitado desde sus épicas en Santos. Excepto, cuando, insisto, sus momificadas neuronas no lo incitan a darse a plenitud. Y eso ya ocurre con frecuencia.

Dice el pequeñín futbolista que apostó con sus compañeros a que era capaz de pegarle al árbol cercano a Marcelino. ¿Cuál de todos? ¿Y entiende el peso de esa aseveración?

1.- Al otro extremo de donde estaba ubicado en El Nido el reportero de ESPN, hay más árboles. Alrededor de la cancha hay otros árboles, decenas de árboles. Parece un vívero o una reserva ecológica.

¿Por qué tenía que ser precisamente ese árbol, el que estaba a metros de Marcelino?

2.- La otra: al hablar de apuesta con sus compañeros, Carlos Darwin afirma que la decena de tipos que lo escoltaban y contemplaban su disparo fallido, eran sus cómplices, eran sus compinches.

¿A ellos también los castigará el América internamente por confabularse con Darwin Quintero?

Irónicamente el más beneficiado sería el América si la sanción que impone al jugador es liviana. Juega de local, ante el Atlas, es decir la tribuna será totalmente águila, y Darwin, si juega, seguramente ofrecerá la actuación de su vida, para tratar de lavarse la cara.

Ojo: aquí hay negligencia o inexperiencia de la directiva del América y su cuerpo técnico. Todo este percance sacudió medios y redes sociales desde el martes. Santiago Baños, Mauricio Culebro y Miguel Herrera, y hasta el tipo con ínfulas de Richelieu (Yon de Luisa) debieron actuar de inmediato. Ya aprenderán.

Un tipo como Ricardo Peláez habría sofocado de inmediato el incendio colocando a Darwin ante los medios y dando la cara por la institución.

A Baños, Culebro y De Luisa, o les importó poco o les asustó mucho. Como sea, se equivocaron.

Al final, insisto, porque botones de muestra sobran: ¿a eso llegan los Darwin, los Alustiza, los Danilinhos, los Campestrini, los Cardona, los Mosquera, etc.? ¿Lo harían en su país, a excepción del cinismo irredimible de Cardona?

¿Y los clubes? Cómplices. ¿Y sus técnicos? Alcahuetes. ¿Y sus familias? Sobajadas. ¿Y el futbol mexicano? Como nodriza de delincuentes.

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LOS ÁNGELES -- El futbol tiene un lamento: el 0-0. Es como un aborto premeditado para la esencia de este deporte. Suele, a veces, ser un deplorable diagnóstico de la histeria entre ambos equipos por no perder.

No fue así este domingo. Pumas y América estigmatizaron el 0-0 con una devoción por ganar. Fue una saludable reyerta que no se dignificó en el marcador por los postes del América y por que se ramificaron brazos y piernas de Saldívar por Pumas.

Más allá del desencanto del 0-0, que implica un saldo amargo de impotencia, la rivalidad entre Pumas y América derivó en un partido agradable, a veces, cierto, con una intensidad con más vocación a despojar que a procrear.

Pumas sigue encariñado con la sorpresiva posición de líder general, mientras América sigue deambulando en ese vestíbulo de dudas sobre lo que promete ser y no es.

Sin duda, el empate tiene cromosomas de frustración para El Nido. Para la UNAM, pese a ser local, significa seguir al mando del pelotón, aunque cierto, en la Jornada 3 tiene menos garantías que el voto en México.

El espectáculo, el rendimiento, más allá del marcador muerto de desdén, ¿a qué afición deja más tranquila? ¿A qué equipo le disipa más dudas?

Ciertamente la UNAM, ansiosa de tranquilizantes, al menos reivindica que sus victorias anteriores (Pachuca y Atlas) no fueron necesariamente ante dos muertos, sino que el equipo pretende, y puede, encontrar mejores resultados.

Para América, que apenas cierra contrataciones, mantiene mejores números que calificaciones a su rendimiento. Grave incluso, cuando por momentos desaparece, se desconcentra y permite que el adversario le abrume, como Pumas lo hizo este domingo.

Porque, además, la Fecha 3 aún no permite hacer diagnósticos contundentes, especialmente en una Liga en la que los promotores aún tienen carta abierta para arrimar tentaciones a directivos corruptibles y a entrenadores desesperados.

Miguel Herrera atraviesa por el disgusto de tener que improvisar posiciones e improvisar funcionamientos. Debe cargar con la negligencia de su directiva en la búsqueda de sus opciones número uno de refuerzos, y retener a jugadores a los que habría querido negociar.

El Piojo es más dueño del plantel que le entregan las circunstancias, que del plantel que él mismo habría querido conformar, prueba de ello es que sigue intentado que Cecilio Domínguez al menos se acerque a las promesas de su escueta hoja de vida como profesional.

Lo cierto es que La Voz del Amo ha sido nítida. Miguel Herrera sólo puede abrir una de dos puertas al final del torneo: la de la sala de trofeos para colocar la Copa de la Liga MX o la puerta de atrás de Coapa, a través de la cual se escurre en sigilo y con vergüenza, de El Nido.

"Emilio (Azcárraga Jean) nos ha pedido ser campeones", ha reconocido Miguel Herrera, en un reclamo por la grandeza del América y porque ya empieza a incomodar al centralismo en México la hegemonía de los clubes del Norte.

Y Pumas, ensayando jugadores nuevos de sangre vieja, pinceló detalles promisorios en los 90 minutos, en especial porque la relación entre Castillo y Alustiza, si ambos se mantienen sanos, y el primero no decide salir a cazar inocentes con su pistola de balines, ese matrimonio puede consumar un futuro agradable.

Pablo Barrera y/o Jesús Gallardo deberían completar esa ecuación, pero, ya se sabe, viven felices ambos en la aburguesada intrascendencia de nacer, crecer y morir como eternas promesas. Sus carreras profesionales tienen onomástico el 1 de noviembre.

Como sea, estos Pumas cotizan en el respeto de manera diametralmente opuesta al anterior certamen.

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Pumas UNAM, América

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