LOS ÁNGELES -- Es el momento oportuno para un futbol como el mexicano, cuya ley suprema es el oportunismo. Pero, en realidad, es el ahora o nunca.

Es el antes y el después. Es el fin y el principio. Hay cambios dramáticos en el futbol mexicano, y parece el momento oportuno. Insisto: ahora o nunca.

El antes y el después de Juan Carlos Osorio. El antes y después de Decio de María. El antes y el después de una generación de futbolistas que, como tantas otras, llegó llena de ilusiones y se va con las manos vacías, esa, la generación de los hijos bastardos del 7-0.

¿Cómo elegir al técnico correcto? ¿Para conseguir qué? ¿Seguirlo eligiendo con la miopía de Decio: "sólo queremos que nos califique al Mundial"? ¿Ganar, gustar y golear?

¿Quién tiene la capacidad de saber elegir? Porque, además, recordemos que no hay democracia, ni siquiera un consenso.

¿No es en las épocas de crisis cuando se debe poner fin a la autocracia? Pero, quién se atreve a confrontar a Emilio Azcárraga Jean.

Se les ha preguntado en momentos diferentes a Jorge Vergara, Jesús Martínez, González Ornelas, el ex de Tigres, el Inge Rodríguez; a Billy Álvarez, a Valentín Díez, a tantos, a todos, si el futbol mexicano le pertenece a Emilio. "No, es nuestro, de los dueños", responden, pero en el momento clave se pliegan y hacen genuflexiones ante el que tiene el poder, sin tener el cargo.

En el momento de elegir, Azcárraga Jean tiene todo el poder, pero ¿tiene todo el conocimiento? ¿Se le entregó un informe genuino desde dentro de la selección?

Y, muy importante, le informarán cuántos atropellos al trabajo de la selección se cometieron, como cada cuatro años, en su nombre. ¿Sabrá él y aprobó él la injerencia de los patrocinadores? ¿Y de los representantes? ¿Y sobre el absolutismo del cuerpo técnico?

Ya lo sabe Usted bien: los dueños de equipos han bajado la testuz, para que al amo y señor del futbol le cueste menos trabajo ponerle e imponerles el yugo. Antes fue DEcio, hoy será labor de Yon de Luisa.

Por otro lado la gestión de Juan Carlos Osorio dejó, como las anteriores, ruinas en el Tri, pero también dejó, como sólo algunos de los anteriores, enseñanzas.

Más allá de la compleja situación personal que ha envuelto al técnico colombiano en temas extra cancha, Osorio dejó un método de trabajo, agregando apoyos científicos, médicos, a los que, si bien, no se les puede dar el privilegio de la última palabra, deben ser útiles.

Limitarse a argumentar que se venció a la peor Alemania de la historia, como había ocurrido en Columbus ante el peor EEUU de los últimos años, tanto que ni al Mundial fue, limitarse a eso, significar demeritar los aspectos positivos de ese resultado.

Habíamos comentado que Osorio tenía una ventaja sobre algunos predecesores: no se vería estremecido por titubeos porque pudiera tener querencia por México, pero no pasión ni arraigo.

Sin embargo, ante Suecia, le ganó la vanidad; se lo tragó la soberbia y esa convicción de ser amo de todo. "Fue mi pecado", respondió el colombiano tras la derrota 3-0. Quiso jugar como sabía que no debía, y ahí le embargó a México la ventaja de terminar como líder del grupo.

Vale la pena señalar que algunos recursos médicos, científicos, fisiológicos y biológicos que aplicó Osorio al futbolista mexicano, no los desarrollan selecciones europeas y mucho menos las sudamericanas, tal vez porque no las necesitan, ya sea por el biotipo o el espíritu competitivo de sus jugadores.

Por ejemplo, siendo aún técnico de España, Julen Lopetegui se mostró sorprendido al enterarse de los implementos extra cancha a los que recurrían Osorio y su staff para tratar de cerrar brechas entre el balompié mexicano y el primer mundo del futbol.

En este momento, Dennis Te Kloese es el hombre más valioso de todo este proceso mundialista. Tiene al alcance de la mano, por su frialdad holandesa, más allá de cualquier afecto mexicano que tenga, las referencias para un nuevo proceso.

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Rafa Ramos, Fútbol

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Las dos caras de una victoria

Buscando la victoria, Croacia pierde. Evitando la derrota, Francia gana. Y el enaltecimiento de la víctima, es el enaltecimiento del vencedor.

Francia es campeón del mundo con la exquisitez del cazador. Croacia es segundo, con la audacia del conquistador. Imposible medrar ni mediar la inteligencia de uno o la persistencia del otro.

El desenlace, la coronación francesa, no erosiona el colectivo, el equipo, el grupo croata. A la maquinaria perfecta la hacen imperfecta las imperfecciones de sus piezas.

Al final, esta Final de Rusia 2018, el epitafio incómodo del 4-2, tendrá su crónica con señalamientos sobre los asombrosos errores humanos (autogol, penalti polémico, yerro de Lloris), y sobre las consumadas heroicidades del genuino futbolista.

90 minutos bastaron. Francia no desperdició aliento ni músculo: al terminar el primer tiempo, ganaba ya 2-1, pero sólo había hecho un disparo a gol. Los autogoles enloquecen las estadísticas y provocan la bancarrota de los tahúres.

Los estoicos legionarios de la angustia prolongada tenían sin duda espíritu para otros 120 minutos de aquelarre, de hostilidad pura, antes de permitir, esos croatas irremisibles, la certificación de su exterminio. Su alma drena la devoción, si el músculo o el aliento dudan.

¿Mezquino? ¿Pragmático? ¿Ratonero? ¿Práctico? ¿Prosaico? Las piedras lanzadas no alcanzan a abolir ni a abollar la investidura de monarca universal de Francia.

Su ungimiento real podrá ser cuestionado por los métodos. Se sabe, cortesía de Maquiavelo, el fin justifica los medios... y los miedos.

A pesar de la enorme riqueza de sus futbolistas, Francia armó la emboscada y Croacia tiene una legítima lágrima de plata colgando de un pescuezo que debe permanecer erecto, orgulloso, gallardo. Por el honor suyo y por el honor de su verdugo.

"Una derrota peleada vale más que una victoria casual", aseguró José de San Martín. La frase es hermosa, pero tan inútil como un ungüento para este tipo de desenlaces. No hay bálsamo para el dolor balcánico.

Mbappé, Pogba, Griezmann, el triángulo equilátero del crimen perfecto, alcanzan, sin duda, para desarrollar mucho más en un jeroglífico ofensivo, pero las sagradas escrituras según Didier Deschamps, necesitaban el saldo justo de su arsenal, para la gran meta: ser bicampeones del mundo.

Cierto, Mandzukic, el torpedo que aniquiló la armada de la Reina, se calzó el botín de Judas. Después el árbitro Pitana es corregido por el VAR, para que Griezmann instale el Arco del Triunfo en la estrechez del manchón penal. Perisic los salvó de perecer a los croatas y había descontado.

En el complemento, Pogba y Mbappé pusieron ese resuello de talento juvenil en el marcador, para dejar en claro las diferencias de alcurnia futbolística. Y Mandzukic rescataría el caramelo de la ilusión en un error de Lloris, que hoy, ya no se sabe si fue una, auténticamente, metida de pata, o fue un acto de extremaunción para la horda generosa de croatas.

Insisto: nada dignifica más la coronación de Francia, de esta Francia tan joven y dueña de un futuro maravilloso, como la dignificación de su propio esfuerzo, de su trasiego, de su recorrido carne a carne y sangre a sangre por parte de Croacia.

¿El mejor mundial de la historia? Los románticos que vivimos de punta a punta el México 70 como aficionado, el México 86 en este oficio, el Francia 98 y el Corea del Sur/Japón 2002, tenemos derecho a mantener algunas dudas.

No tuvo al Pelé esplendoroso de 1970, ni al Maradona exuberante de 1986, ni tampoco ese concierto de Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y Cafú de 2002, pero Rusia 2018 sin duda en su conjunto, como país, por su gente, por su paraíso cultural, tiene todo el derecho a meterse al mismo tabernáculo legendario de los otros.

Fue además la conclusión de un bellísimo mundial en un país que develó y desveló, genuina, absolutamente, todas y cada una de las Matrioshkas que le componen, y todas fueron, para turistas, medios, competidores, y para la misma abyecta FIFA, generosas anfitrionas de los óptimos, buenos, malos y peores visitantes.

Para Catar, el desafío está a la altura de la perfección.

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LOS ÁNGELES -- La ruta de un posible Balón de Oro que dio sus primeros pasos entre el terror de un refugio y que puede concluir en una cárcel de Zagreb: el itinerario agreste de Luka Modric.

En la realeza de un club, donde la mayoría viste de sonrisa aperlada y frac, como portada de revista, él eligió el atuendo de soldado raso.

A veces, en el Real Madrid es el que zapa la trinchera, y a veces el que zarpa el buque de guerra. ¿Recluta o almirante? El juego mismo le da y le quita galones al eje de Croacia. Cava si hay que cavar y cala la bayoneta si hay que atacar.

Rehúye hablar de la Guerra Civil de los Balcanes, pero con esa sangre multigenética, se ha persignado cada día, cada juego, cada fase de esta Copa del Mundo. "Eso está siempre con nosotros", dijo Modric en conferencia de prensa.

Porque las víctimas de la crueldad bélica no están sólo en su cripta, o en las cenizas, o en el anonimato, o en el obelisco, o en los mausoleos, o en las efigies espartanas de las rotondas. La muerte les ocurre a todos, especialmente a los sobrevivientes.

También ahí, en el hipocampo de quienes sobreviven, en el penacho luctuoso de la memoria, la muerte se convierte en un mercenario recurrente y ocurrente. Modric lo sabe, lo sufre: su abuelo eligió la muerte, para garantizarle la vida.

Actor y autor intelectual, desde ese oficio de caudillo silencioso, de hacer esas cosas maravillosas que otros se imaginan, Luka Modric ha tenido su mejor momentum futbolístico en el mejor momento posible: la Copa del Mundo Rusia 2018.

Precipitada, pero razonablemente, el sufragio virtual -e inútil- de las redes sociales, lo encamina para ser la figura de la gesta mundialista. Cierto, las alforjas de sus contiendas como madridista, ayudan a que los sastres de la opinión pública le corten el traje a la medida.

Como reflejo de una nación bruñida a fuego y fe, de refulgente aparición en casi todos los ámbitos del deporte, Luka Modric da constancia de todos los valores espirituales del competidor genuino, pero, necesariamente, con el requisito de jugar bien al futbol.

No basta ese gen suicida en eterna pugna por ganar, además hay que oficializar en la cancha el amasiato con el balón. De otra manera, los samuráis serían amos de la Copa FIFA.

Este domingo, ante Francia, irónicamente, Luka Modric, disputa el Balón de Oro, con alguien con quien quizás deba compartirlo en el futuro en los parajes gloriosos de la Casa Blanca: Kylien Mbappé.

La victoria final depositará en la urna vanidosa, y muchas veces tramposa de FIFA, el voto final para designar al ganador del Balón de Oro. Modric y Mbappé saltan a la cancha y asaltan al adversario por un doble botín: uno para casa y otro para una nación ansiosa.

Más allá de la epopeya física y fisiología de los croatas, hay un agregado en el caso valeroso de Luka Modric: la amenaza de cárcel por perjurio. Su expediente está abierto con el riesgo de cinco años de cárcel.

Evidentemente, semejante amenaza puede ser, o un acicate o un desafío para el jugador, pero evidentemente no ha sido represor ni inhibidor de sus condiciones espirituales y futbolísticas. Eso ha sido una bendición para Croacia: jugar con la conciencia tranquila.

¿La coronación de Croacia incluye eventualmente el indulto? Popularmente, tal vez sí. Pero sería una medida impopular para el gobierno croata, un peligroso precedente, para una nación que hace del rigor moralista, al menos, su bandera.

Y peligrosa, pero esperanzadoramente también, Modric disfruta de cierta inmunidad o esperanza. Como hada madrina o como chambelán de sus actuaciones, ha estado muy cerca la Presidenta de Croacia.

Protagonista en tribuna y palcos, Kolinda Grabar-Kitarovic, es el punto de referencia peligroso para Modric, porque significa la fragilidad humana del poderoso, pero también la dureza de comportamiento de una forma de gobierno.

Esto, porque la saltarina mandataria ha prometido descontarse de su sueldo los días festivos en Rusia, viajando además en clase turista, pagando sus propios boletos, y sin drenar al erario croata.

¿Puede esperar Modric clemencia judicial después de tantas victorias de impacto nacionalista en Rusia? Tal vez, y sólo tal vez.

Si consigue la Vuelta Olímpica en Luzhnikí este domingo, hombro con hombro con Kolinda, tal vez este posible Balón de Oro termine su ruta, esa misma que comenzó en un refugio en Zadar, en la pinacoteca de hombres ilustres croatas y no en la Crujía 10 de Zagreb.

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LOS ÁNGELES - Son hijos de la guerra. Y sobrevivientes de todas las arpías de la guerra. Una Guerra Civil en los Balcanes, los balcones del genocidio.

Son combatientes con cicatrices profundas, internas, eternas, invisibles, indivisibles. Infancias de trinchera y barricadas.

No hay un ser humano de Croacia que no tenga un cirio encendido: por un amigo, por un familiar... y hasta por él mismo. Cada escapulario en el altar familiar es un obituario. La muerte es parte del reparto genealógico.

Y parecerá sacrílego, hasta profano y por supuesto inapropiado citar al dictador sanguinario Josip Broz Tito, para explicar las membranas menos exquisitamente futbolísticas y más poderosamente humanas, de la hazaña de Croacia en esta Copa del Mundo. Y en Rusia. Y en este 2018.

"La voluntad de un pueblo es mucho más poderosa que la fuerza de un ejército. No me interesa cuán grande sea usted, mientras mi voluntad de hierro siga en pie, yo le venceré", vociferaba el Mariscal Tito, mientras desafiaba la veintena de asesinatos orquestados por Stalin.

Sobrevivientes a 240 minutos de fragor, más compensaciones, este miércoles, Croacia desplegó la estrategia básica de la victoria, el heptagrama del triunfo: disciplina, concentración, orden, paciencia, devoción, compromiso y futbol.

Y completada la travesía (2-1) casi monástica de otros 120 minutos, dejaron fuera a Inglaterra, que desde el fortín frágil del 1-0, decidió administrar sus ilusiones de ser finalista de la Copa del Mundo Rusia 2018.

Innegable es que el futbol se gana con sus obviedades. Y con sus misterios. Y con sus inspiraciones. Y sobre sus imponderables. Y con el poder inalienable del individuo. Y con el poder supremo del colectivo.

Pero, claro, el futbol, en la retórica inigualable de Perogrullo, se gana con futbol. Y eso hizo Croacia, pero además, lejos de ceder al peso de la historia, a la gravitación del drama, terminó amamantándose del agobio de semejantes lastres, para fortalecerse.

Luego de gestas impresionantes en las praderas mundialistas, longevas, aparentemente interminables, no hubo un instante, un soplo, un gesto, vamos, ni siquiera, un maldito calambre muscular de renuncia, de rendimiento, de deserción.

"Cuando el músculo duda, cuando los pulmones dudan, cuando el cerebro duda, es que el corazón ha empezado a dudar... entonces, todo está perdido", citaba alguna vez Vince Lombardi entre sus muchos discursos amparados por esa doctrina imperecedera del Segundo Esfuerzo con los Empacadores de Green Bay.

Cierto que Inglaterra tampoco dudó. En ningún momento. Tal vez su debilidad fue desestimar la fuerza de su adversario. Y la paciencia fortalece al débil, porque la impaciencia debilita al fuerte.

En un recital de belicosidad inocua, porque incluso las conflagraciones cuerpo a cuerpo, las libraban en el saludable instante de la jugada, el juego encontró su pasión y su encono. Era una refriega sin rencor, pero sin tregua.

Tras un primer tiempo desestabilizado, Croacia resucitó. Pareció ungirse de sus raíces, de los trasiegos momentos de sus mudanzas y sus tragedias familiares, de la conciencia nacionalista de una sonrisa espartana a cada uno de los que aguardaban en casa o en los retablos de los camposantos.

Y Croacia armó su sublevación. Inglaterra debió entender el viejo refrán: "Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia", y resistió y trató de sacarse el yugo.

El golazo de Trippier, un bazucazo asesino, pone en distancia a Inglaterra, en el cronómetro de la locura, en el minuto 5. Un disparo al amanecer es casi un acto de traición. Croacia tardó en sacudirse el impacto. Parecía noqueado en el primer tiempo.

Pero en la segunda parte, el francotirador Perisic, en un embate de alto combate, anticipa con un remate de bayoneta, sobre la cabeza de un adversario. Era el 1-1. Dios salve a la Reina, porque Inglaterra debía luchar por su propia salvación.

En el minuto 109, cuando se suponía que las piernas croatas debían ser piltrafas de agotamiento, víctimas de la fatiga del sobresfuerzo, en realidad el engarrotamiento fue de la zaga inglesa. Como en un museo, ante estatuas blancas, Mandzukic ataca un balón de botes inciertos y lo pesca pegado al poste izquierdo del arquero.

El vuelco del marcador y el vuelco de los temores. Croacia había hurtado el botín. El boleto a la Final de la Copa del Mundo era la ofrenda.

Más que una noche de gloria para Croacia, se convertía en una jornada de glorificación. Los árboles genealógicos retoñaron.

Francia debió recibir el mensaje. No irán contra once croatas, sino contra 22: once vestidos de futbolistas y dentro de ellos otros once con una heráldica genética de combatientes.

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LOS ÁNGELES -- Cristiano Ronaldo recuerda al protagonista de Macario, en la novela de Bruno Traven. No le vendió su alma ni a Dios ni al Diablo. No los invitó a cenar del pavo con el cual se atragantaría lejos de su familia.

Macario sólo convidó a la muerte. Mientras estuviera cenando con él, no podría llevárselo.

CR7 ha hecho lo mismo que Macario: no vende su alma ni a Dios ni al Diablo, y elige ser dueño de su destino, de su propio pavo, porque, sabiamente, elige no ser esclavo de nadie.

Arrienda, y ostentosamente, sus facultades, sus virtudes, y en el contrato, claro, van incluidas algunas excentricidades propias de un tipo que ha hecho de sí mismo el prototipo perfecto del jugador de futbol. Y eso cuesta. Y no se vende, sólo se fleta.

El Real Madrid podrá extrañarlo, pero no podrá reclamarle. Cristiano Ronaldo cumplió cada cláusula y cada sueño de la entidad merengue. El matrimonio por conveniencia fue extremadamente prolífico.

De hecho, a pesar de la cabalgata abrumadora de rumores sobre su salida, Cristiano Ronaldo logró una transición perfecta en su separación. No hay lágrimas, ni gritos, ni abogados, ni demandas. Acaso la congoja y la nostalgia lleguen al arrancar la Liga en España.

En el museo de la Casa Blanca la capilla mayor será una ofrenda suntuosa para el jugador más rentable, mediático y ganador en la historia del Real Madrid.

Seguramente de haber permanecido Cristiano Ronaldo, habría peligrado el bautizo del Santiago Bernabéu.

No lo abrumo a Usted con cifras, porque además sus números asombrarían a cualquier corredor de Wall Street, y en ese oficio de fariseo trajeado, querría vender acciones sobre el organismo del futbolista aún candidato al Balón de Oro en 2018.

Mientras en la Juventus se prepara una fiesta de bienvenida sin precedentes, en el entorno madridista hasta el dulzor de la más reciente Champions empieza a rezumar amargura, porque El Bicho se ha mudado en condiciones futbolísticas para un par de años más.

Insisto: Cristiano no cena ni con Dios ni con el Diablo. Su alma le pertenece como retribución intocable de cada minuto dedicado a esculpir, a ser su propio Miguel Ángel de su propio David. La perfección.

Dueño de una fortuna que amparará a sus descendientes hasta el Día del Juicio Final, seguramente a CR7 no lo mueve ni lo conmueve la fortuna que le depositará la Juventus, sino la arrogancia válida, legítima, de demostrar que su vigencia competitiva no depende necesariamente de la glamorosa y gloriosa historia de una camiseta.

Él no tiene el pecho frío por eso opta por atreverse a salir de su sitio de confort. Por el contrario, quiere conquistar, también en otra de las ligas más poderosas de Europa, tras conseguirlo en la Premier y en España.

Escoltado en el ceremonial de una hégira victoriosa por mensajes de sus ex compañeros madridistas a través de las redes sociales, Cristiano desciende de la cúspide del madridismo y se va sin escándalos, sin bochornos legales, sin cláusulas ocultas, o demandas mutuas, como, por ejemplo, la escapada de Neymar del Barcelona.

Florentino Pérez terminó siendo súbdito del jugador portugués. Incluso, el tempestuoso dirigente del Real Madrid, quedó eximido de ataques a tomatazos, al subrayar ambas partes que el mismo Cristiano solicitó la anuencia para una nueva cruzada, con otra bandera y en otro balompié.

Se asocian, además, el amo y señor del Calcio, y el amo y señor de Europa. La Juventus y CR7 sellan un nuevo matrimonio por conveniencia.

Y entre los más entusiastas con la llegada, está, irónicamente, el mismo que dijo "con Messi yo no puedo jugar", pero, resulta, que con Cristiano Ronaldo, sí. Dybala mandó un doble mensaje, una navaja de doble filo.

Y seguramente, con la sacudida más violenta del mercado de transferencias, la Liga de Italia entera rinde pleitesía al atrevimiento de la Juventus, que aún espera rescatar unos centavitos para ir de compras más adelante.

¿Amor a la camiseta? Más allá del romanticismo confuso, lo cierto es que esa relación es de una sola vía. La camiseta, veleidosa, por muy ilustre y memorable que sea, tampoco salvaguarda al futbolista. ¿Iker y Raúl se sentirán correspondidos por todo lo que dieron y la forma en que se fueron?

Por eso, con un par de años, al menos, comandando la elite competitiva europea, Cristiano Ronaldo deja inmaculadamente victoriosa a la camiseta del Real Madrid, pero deja claro, incluso al llegar a la Juve, que él no invita de su pavo ni a Dios ni al Diablo.

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LOS ÁNGELES -- Al final, sólo mereció el Meme de Oro. Él, Neymar, el que al irse Messi sin que se le calentara el pechito, y al irse Cristiano, sin atreverse a subir a su cruz, él, se quedaba con el Mundial a sus pies.

Ya antes del primer soplo arbitral de vida en el Mundial de Rusia 2018, Neymar parecía el inevitable Rey Midas a expensas de que las puertas de Kremlin abrieran sus puertas y le extendieran su larga y afelpada lengua roja de bienvenida.

Balón de Oro, Botín de Oro, Jugador de Oro, Goleador de Oro, Míster Simpatías de Oro, el Catrín de Oro. El Rey Midas, pues. Pero, entre maroma y maroma, como panda en cautiverio, Neymar dejó escapar la galería áurea de la consagración y la inmortalidad.

Arropado por un gran plantel que lo idolatraba, por un metódico y versátil trabajo del técnico Tite, Neymar terminó opacando todas sus virtudes, todo ese frenetismo caracolero y goleador, al revolcarse innecesariamente por las canchas de Rusia, como babosa de jardín capeada con sal.

Y fue una lástima. Porque estaba inevitablemente destinado a los altares célebres y divinos de las Copas del Mundo, esos mismos en los que nunca pudieron aparecer ni Messi ni Cristiano. Y se quedó ahí, en el sobrepoblado galerón de las promesas chamuscadas.

A cuentagotas, Neymar dio un recital de todo lo que puede, cuando quiere, aunque a veces quiera tan poco. A México le descoyuntó el espinazo hasta emparejárselo con el esternón, en tres jugadas diabólicas, dos de ellas grabadas en el heraldo del marcador.

Tan sabido era que este debía ser el Mundial de su consagración, de poder arrimarse a los nichos de sus paisanos Pelé y Garrincha, que se decidió a juguetear en lugar de jugar al futbol.

Cuando ya seguramente reposa en una playa, con una dosis generosa de caipiriña, y espera el desenlace de sus escarceos románticos con el Real Madrid, siguen pululando los memes sobre sus trompos lastimeros, simulando que le lesionaron hasta las caries en las muelas del juicio.

Sí, un futbolista tan rico, pero misérrimo como actor. Sus dolencias fingidas son, han sido y serán tan lamentables, que de usar bombín, bastón, un bigotillo hitleriano y caminar como pingüino, podría competir con las escenas de cine mudo de Charles Chaplin.

Porque Neymar simula que llora, y el universo llora de la risa ante las muecas pantagruélicas de sus ridículos.

En ese apasionado desdén, dedicándose a juguetear en lugar de jugar, Neymar aprendió, demasiado tarde, que había desperdiciado la gran oportunidad de instalarse en el museo de los mundiales, con la sexta copa del mundo para Brasil.

Y no sólo fue un acto de desprecio a su carrera, a su futbol, a sus compañeros, sino a ese país que pendula emocionalmente cada cuatro años en torno al balompié, especialmente porque aún supuran las siete llagas que le abrió Alemania, en su propio circo, en el 2014.

Y así como Messi y su pechito criogenizado, y Cristiano, más ateo que nunca, fueron en su momento parte de la hemeroteca creativa de los memes, a Neymar tenía que llegarle su capillita de la burla y el sarcasmo.

Necesario aclararlo: en la profusa flagelación de Neymar, al ser expulsado del Mundial por Bélgica, la diversión vino especialmente de la afición mexicana, pretendiendo explicar su propio deceso mundialista con las pobres artes escénicas de la versión futbolera del Coyote.

El mexicano, que hace cuatro años lamió sus heridas con una colección impresionante de memes en torno a Robben y el #NoEraPenal, ahora pretendió clavar banderillas al toro español que había sucumbido ante el estoque belga.

Y con ese sentimiento de que lo roben, con Robben y Neymar, la afición mexicana sabe que las penas con pan y con memes son buenas, y así encontró en el brasileño la cura a la cruda, así como lo hizo con el holandés hace cuatro años.

Como sea, Neymar desperdició su mejor oportunidad de consagrarse como el mimado de Rusia y del Kremlin, especialmente cuando Messi y Cristiano seguían vigentes.

Dentro de cuatro años, en Catar, seguramente Neymar habrá aprendido la lección, y muchos de sus escoltas actuales en Brasil, llegarán fortalecidos, y sobre todo, más presionados por su afición, luego de dos mundiales lamentables.

Y con este despecho por el fracaso competitivo, Neymar no podrá utilizar ninguna de sus redes sociales, sin encontrarse con la pasmosa y penosa realidad: al Rey Midas, esta vez, sólo le alcanzó para ser el Meme de Oro.

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MOSCÚ -- Habida cuenta que se ha desenfrenado, entre la ilusión desmedida y el cachondeo, entre la solemnidad del himno al cambio hipócrita y efímero y el pitorreo calenturiento del momento, habida cuenta de eso, retomemos, entre la pachanga y la formalidad, eso del #ImaginémonosCosasChingonas...

Porque el futbol mexicano ha sido, nuevamente, echado con bochorno de la Copa del Mundo, más allá de que la momificación de su propio desastre, Decio de María, diga que "estoy satisfecho con lo que se hizo...".

1.- Imaginemos que los 14 dueños de equipos (quitando al América y los de la multipropiedad de TV Azteca), hoy, mañana, pasado, se avergüenzan de ser lo que son y de no ser lo que no son.

Imaginemos que esos 14 acomplejados y huidizos armadillos se desenrollan, aún con los conocidas Judas y soplones que pululan entre ellos, y se deciden a dar un golpe de estado, un golpe de mayoría, un golpe de autoridad.

Imaginemos que a los Martínez, Jesús padre y Jesús hijo, no les asusta otra ventaneada, y aceptan el bochorno público de sus pecados. Imaginemos...

E imaginemos que Jorge Vergara desafía las amenazas de persecuciones fiscales, laborales, maritales y demás, y se suma a ellos. Y que Tigres y Rayados se atrevan a sacar la cabeza de su región de aburguesado confort. Y que Toluca, y Cruz Azul, y Santos, y etc...

Y que de repente recuperen esa voz que ha sido silenciada, y ese voto que les ha sido arrancado. Imaginemos, sólo imaginemos...

2.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que Yon de Luisa llega a la FMF y desazolva la oficina suprema de la corrupción en la FMF, y que además de cumplir con la labor de capataz del sumiso ganado de la Liga MX, se decide a demostrar que los años de prohijado del poder supremo, pueden ser útiles al futbol.

Imaginemos que sin dejar de lado la protección al feudalismo televisivo que lo ha amamantado durante años, De Luisa se decide a trabajar con los dueños de equipos, que, al fin y al cabo, exitosos empresarios, aunque nadie meta las manos al fuego por ellos, puedan aportar ideas.

Imaginemos que De Luisa va de nuevo al rescate de la Copa Libertadores y la Copa América (sí, cuánto daño hiciste Decio, aunque haya sido por estulticia), y que cumpla el proyecto de inmiscuir a algunos clubes mexicanos en los torneos menores de Conmebol.

3.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que en una condición absurdamente hipotética, los 14 sumisos o rebeldes, concilian con Yon de Luisa y sus clubes pajecitos (América y los de TvAzteca), para rescatar la Liga de Ascenso como una atmósfera de desarrollo de futbolistas, y no como el fondo de retiro de mediocres, y lavado de dinero de jugadores extranjeros de baja ralea competitiva.

4.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que se dignifique un filtro para la llegada de futbolistas extranjeros. Que se les exija que alguna vez hayan sido seleccionados nacionales, o al menos un mínimo de partidos internacionales con sus clubes, o, al menos, una constancia de titularidad en sus equipos de origen.

5.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que se cortan los apéndices corruptos de la mafia de promotores, y que a cada uno se le exija, como debe ser, su certificación ante FIFA y un certificado de la Secretaría de Gobernación de que en su país de origen no han sido acusados o perseguidos.

6.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que al frente de la Comisión de Selecciones Nacionales se coloque a un personaje autónomo, con poder, con asesores, con probada rectitud, porque sí los hay, que se atrevan a desafiar los caprichos de directivos y ser verdaderas cabezas de mando, incluso para cuestionar a los directores técnicos en turno.

7.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que las convocatorias a selecciones nacionales no sean regidas por patrocinadores, por representantes de los jugadores, por caprichos de los técnicos o por órdenes desde la oficina de Emilio.

8.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que Yon de Luisa no se ciegue por el cheque de SUM ante la renovación de contrato y que estipule en el acuerdo que sólo se firmen a equipos con las versiones mayores, y no equipos con juveniles o arrejuntados de futbolistas en desahucio.

Imaginemos, pues, sólo imaginemos, aunque después, en el momento importante, como en el Mundial de Rusia, llegue el bofetón, el "verdadazo" brutal de la realidad hecha pesadilla o de la pesadilla hecha realidad.

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SAMARA, Rusia -- Redención de cada cuatro años. El tsunami culposo a través de la catarsis del ¿fue fracaso o no fue fracaso?

Y ahora, ¿qué? Y ahora, ¿quién? Y ahora, ¿cómo? Y sobre todo, ¿ahora para qué?

El patíbulo aguarda con esa sed de alcohólico, con esa sed de sangre y mientras sea más de inocentes y menos de culpables, mejor.

Juan Carlos Osorio sigue mandando mensajes de nunca jamás. Ya se sabía que Matías Almeyda es el privilegiado de los votos. El argentino es, pues, el candidato al cadalso en cuatro años.

La historia será diferente. Peligrosamente diferente. Hay un cambio generacional brutal. Otro relevo. El Día de Muertos y de muertes en el futbol mexicano es cada cuatro años.

Los hijos bastardos de esta generación del 7-0, ésta, la de los entenados del #ImaginémonosCosasChingonas, recibió su acta de defunción.

Sí, estos jugadores que se creyeron Alicia en el País de las Maravillas. Estos que arrasaron con Alemania, pero desdeñaron a Suecia y se paralizaron ante Brasil. Estos, los mismos.

Por eso, es momento de replantearse la misma cantaleta, el mismo coro de la frustración: la autosanación llega con los responsos de la impotencia.

En México, tras cada corte de caja y recorte mundialista el fracaso no es un funeral sino el ceremonial del advenimiento... para otro fracaso.

Insisto, y ahora. ¿qué? Y ahora, ¿quién? Y ahora, ¿cómo? Y sobre todo, ¿ahora para qué?

Mientras Decio de María y sus 18 concubinas hacen la Gran Herodes, aniquilando juveniles, en la madre de todas las corrupciones, llegan extranjeros a los que el tribunal del futbol debería de procesarlos por estafa.

Todos se enriquecen, aunque el futbol se empobrezca y los corifeos cómplices que dicen que "lo que importa es el espectáculo", hoy ciñen la guadaña esperando a la clientela de la derrota.

Pero, claro, hay victorias. Adidas vendió más camisetas para este Mundial. México es la segunda selección en el mundo en vender copias de sus armaduras. Para cumplir con el #ImaginémonosCosasChingonas, hay que vestirse correctamente. No se puede ir con ropa de don nadie por el mundo y atreverse a gritar la consigna de los eternos y bellos durmientes de la gloria.

A ojos de sus patrocinadores, el fracaso de México no existe. No puede existir. No debe existir. La compasión vende mejor.

Es tiempo de que se entienda algo: mientras más inalcanzable sea el quinto partido, más poderoso será el anzuelo de la ilusión y del ilusionismo. Mientras más inalcanzable sea el quinto partido, más poderoso será el anzuelo de la tentación. Lo prohibido, lo vetado, lo clandestino es lo que más enajena. Los tabúes son la carne envenenada para los cándidos bobalicones.

Entonces, recaemos en imaginémonos que ya no te imaginas. Imaginémonos que ahora sí quieres conspirar contra tu propio destino, porque la generación #ImaginémonosCosasChingonas que equivale al sálvese quien pueda, no podrá catar los misterios del Mundial de Catar.

Rafael Márquez, Andrés Guardado, Javier Hernández, Carlos Vela, Héctor Moreno, Oribe Peralta, Miguel Layún y Jesús Corona terminaron su gestión. Se fueron con las manos vacías. Otra generación que sólo estercoló paradigmas perversos de otras generaciones.

A Guillermo Ochoa hay que criogenizarlo y esperar que Chucky Lozano no haga la gran Carlos Vela. Carlos Salcedo duda si regresará, tal vez porque sabe que la deserción es un acto de cobardía disimulada si se hace con oportunismo. ¿Los Dos Santos? En unos meses hasta el Galaxy de Los Ángeles se deshará de ellos y Diego Reyes seguirá dónde está: en la clínica de rehabilitación perpetua.

Pero, ellos, todos, son lo menos importante para el gran capataz de la granja. Las televisoras mexicanas dicen que dejaron de ganar un 15 por ciento al no llegar al quinto partido, pero el proceso de embaucamiento del "ahora sí en Catar vamos por el quinto partido" es mejor negocio.

Y ese proceso comienza en unos meses con amistosos ante Uruguay, Estados Unidos y algún otro despistado en la selva futbolera que quiera agregarse a la multiplicación ajena de los panes y los peces.

Por eso, y ahora ¿qué? Y ahora ¿quién? Y ahora ¿cómo? Y sobre todo, ¿ahora para qué?

Por eso, créame, no fue un fracaso para la selección mexicana el Mundial Rusia 2018 ni para usted, que en la hoguera reincidente de sus ilusiones se gastó tiempo, dinero y esfuerzo, ni para los paladines fumigados del #ImaginémonosCosasChingonas.

Reconsiderémoslo. En términos de Gary Lineker, "el futbol es un negocio que México perfeccionó con once pelados suicidas y en el que siempre gana Emilio".

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Para la mayoría de la afición mexicana se acabó el Mundial. Es momento de tomar al segundo equipo favorito. Seguramente después de la ronda de Octavos de Final, ahora muchos estarán del lado latinoamericano con Uruguay y Brasil, después de la desafortunada eliminación de Colombia, un equipo que fue protagonista de principio a fin, pero que lamentablemente perdió en lo tiros penales.

¿Qué sigue para los que gustan este bello deporte en nuestro país? Bueno, pues la Liga Mx. Ahora los que se unieron en torno a la playera verde se dividirán semana a semana con sus respectivos locales. El tema Selección Nacional pasará a segundo término salvo cuando ratifiquen -luce imposible- o no renueven el contrato del técnico colombiano, Juan Carlos Osorio. Después quién podría llegar a la dirección técnica para volvernos hacer soñar con el quinto partido. En fin, se comienza de cero y parece que no avanzamos nada, pero estoy de acuerdo con lo dicho por Javier ‘Chicharito’ Hernández, quizá en resultados no llegaron al quinto juego, pero en mentalidad existe una mejora sustancial.

Ojalá que el próximo ciclo mundialista se capitalice. También espero que haya mucho apoyo a los jugadores mexicanos, tanto para salir al extranjero, como para tener oportunidades en el campeonato mexicano, después de la invasión foránea.

Los rastros de la eliminación

Tristeza. Los mexicanos que aún deambulan por las calles de Samara, un día después de la eliminación ante Brasil se ven cabizbajos, tristes y sin respuestas inmediatas a las eliminación. Asegurar que no tienen amor a la camiseta y no pusieron lo que tienen que poner son análisis demasiado ligeros que ya no deberían caber entre nosotros. Insisto en este tema, queremos que la Selección avance significativamente y no nos damos cuenta que como aficionados tampoco hemos crecido con análisis más profundos sobre lo que verdaderamente pasó en Rusia.

Siempre se ha querido que México tenga una propuesta futbolística y la tuvo. Le jugó de tú a tú a sus rivales. Regularmente se ha pedido que tengan mentalidad para afrontar los compromisos, la tuvieron los jugadores que dieron cara a los cuatro rivales que les tocó, se quería un equipo ofensivo y también se tuvo, es decir, los márgenes de crítica sinceramente quedan muy disminuidos para los que gustan de herir el crecimiento de nuestro futbol, aunque el resultado sea el mismo.

Mexicanos que se encuentran en las calles reconocen que Brasil fue mejor. “Ni modo, se peleó hasta el final”, es el comentario que redunda entre la gente. No es que yo esté de acuerdo con lo que pasó. México comenzó con luces y terminó entre sombras. Ilusionó a millones y terminó decepcionándolos nuevamente. Ojalá que en los próximos cuatro años se haya aprendido de esta nueva lección. Se deben exportar jugadores para que estén en los mejores niveles semana a semana. No es nuevo. Todos lo han dicho.

Lo mejor de México, su gente y el grito...

Sin duda lo mejor de México fue su afición. Ninguna como la nuestra. No es que me ponga los colores ‘verdes’, pero estuvieron a la altura de las circunstancias en los momentos que el equipo los necesitó. En medio del apoyo y de los cánticos, específicamente al ‘Chucky' Lozano, lo que no debe olvidarse es que en Rusia se acabó el grito de ‘eeehhhhhh puto’ ¿cómo? Primero por la voluntad de la gente que se puso de acuerdo estrictamente para apoyar y no dañar más al equipo. Segundo porque en Rusia se hace respetar la Ley.

Lo decía en otra columna, acá no se andan con miramientos con las normas, si alguien las viola de inmediato se aplica un castigo. Otro gran acierto es el FAN ID porque cada persona está identificada, incluso hasta para registrarse en los hoteles a donde van. Otro beneficio es que para entrar a los estadios el ‘documento’ es revisado, por lo que cualquier desmán la persona es identificada en forma inmediata. Ojalá y las autoridades de la Liga Mx hicieran algo similar. Se ahorrarían seguramente varias problemas en las tribunas. No sé si sea una cuestión de voluntad o de organización, pero de que se puede, se puede.

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Hace poco un compañero del diario Esto, Salvador Aguilera, preguntaba a Andrés Guardado sobre si a la prensa nos gustaría escribir crónicas de éxito... Qué difícil que las últimas siete nos quedemos en el mismo capítulo y no avancemos.

Dudo mucho que sea el entrenador. Juan Carlos Osorio, un técnico estudioso, hizo hasta lo imposible porque México alcanzara el objetivo del quinto partido, pero él tiene su parte y el resto es de los jugadores.

No caigamos en la simpleza de asegurar que no le ‘echaron ganas’, por favor, esto tiene un argumento más allá, pues los análisis pasan por muchos aspectos y uno de ellos es que los brasileños son mejores.

Nos falta competencia. Tener jugadores en Europa que entrenen con los grandes y jueguen a altos niveles, porque colectivamente México buscó igualar lo que sabemos que individualmente en algunas posiciones es inferior. Los brasileños nos ganaron porque juegan cada ocho días en las mejores ligas del mundo y eso hace una diferencia.

Mentalidad había, calidad también, pero hasta en eso hay límites y los mexicanos las tenían. Dénme un Neymar, un Willian, un Coutinho... Imposible con lo que tenemos en la actualidad. México se enfrentó a lo mejor y tiene su boleto a casa. Debe seguir su trabajo de recambio en el equipo y tiene cuatro años para lograrlo.

Lo bueno, lo malo y lo feo

Lo bueno es que México le jugó de tú a tú a Brasil sin mirar al rival y su potencial futbolístico. La Selección encaró un equipo con mejores recursos individuales y lo dominó casi 30 minutos del partido. Después los rivales equilibraron el juego y llegaron las dos cuchilladas mortales.

Lo malo fue que quedó nuevamente patentado que mientras México no tenga más jugadores en el extranjero, la calidad del equipo mexicano no se elevará. Hirving Lozano, el mejor jugador mexicano, se perdió cuando lo anularon por las dos bandas en las que jugó y de ahí ya se perdió prácticamente en el partido.

Lo feo es la nueva frustración de miles de aficionados que volvieron apoyar con todo al Tri, pero se llevan una nueva decepción en la misma etapa de siempre.

En las tribunas, los mexicanos fueron superiores desde el principio y eclipsaron el apoyo brasileño, sin embargo, ya cuando estaba casi todo definido obviamente el silencio fue la respuesta y quizá un atisbo de ilusión con el “Sí se puede... Sí se puede...”, pero realmente no se pudo.

Balance general, suficiente

Después de haber visto los cuatro partidos, realmente el balance fue suficiente. Dos partidos muy buenos ante Alemania y Corea del Sur, una derrota muy clara ante Suecia y otro descalabro frente a Brasil, uno de los mejores equipos del mundo.

Futbolísticamente se tuvo una identidad de juego ofensivo, de no achicarse frente a un rival, pero también quedó claro que en instancias decisivas, de la mano de Juan Carlos Osorio no se rompieron esos límites mentales que tanto se buscaron.

Este equipo mexicano se irá con el recuerdo de haberle ganado a una Alemania que no pasó a la siguiente fase, así como también ante los coreanos, que quedaron eliminados, pero que cayó cuando estaban a un paso de hacer historia y frente a Brasil que de igual forma significaba el boleto para llegar al quinto partido.

Lo que sigue será escoger un buen entrenador, hacer ese cambio generacional que necesita el equipo y finalmente apoyar a los jóvenes mexicanos en la Liga Mx que es la cantera y base del equipo nacional, así como la exportación de jugadores hacia Europa.

Mientras seguiremos lamentándonos no llegar a ese quinto partido que más que una meta se ha convertido en una obsesión.

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